miércoles, 24 de julio de 2013

NO HAY SOMBRA EN EL ESPEJO - Mario Benedetti





NO HAY SOMBRA EN EL ESPEJO
Mario Benedetti

No es la primera vez que escribo mi nombre, Renato Valenzuela, y lo veo como si fuera de otro, alguien lejano con el que hace tiempo perdí contacto.

En otras ocasiones, frente al espejo, cuando termino de afeitarme, veo un rostro que apenas reconozco, como si fuera un borrador o una caricatura de otro rostro, al que estoy más o menos habituado.

Entonces pienso que esa mirada no es la mía, que esas pupilas de rencor no me conciernen, que esas arrugas pertenecen a otra máscara, que esos fiordos de calvicie no se corresponden con mi geografía capilar.

Es cierto que tales dispersiones suelen ser momentáneas, metamorfosis que duran lo que un suspiro, pero siempre me dejan inestable, desasosegado, indefenso.

Es por eso, Renato Valenzuela, que tal vez haya llegado el momento de ajustar nuestras cuentas. Con el tiempo, con el pasado, con las heridas, con las promesas, contigo / conmigo. Todas.

No caigamos en la vulgaridad de achacarle todo lo ignominioso a la borrosa infancia.

Allá quedó, detrás de la neblina. Mis recuerdos se dejan ver a través de un vidrio esmerilado llamado memoria. Te veo desnudo en el campo, bajo una lluvia que no discriminaba, los flacos brazos en alto, gozando de esa felicidad inaugural, que por cierto no volvería a repetirse, al menos con esa intensidad.

Te veo niño, asombrado ante el raro espectáculo del peoncito que fornicaba (vos creías que jugaba) con alguna oveja, pasiva e inerte, por supuesto ausente de aquella violación antirreglamentaria. Tu adolescencia fue un sueño. Soñabas incansablemente y cuando por fin yo despertaba vos seguías soñando. Con bosques, con olas, con pechos, con soles, con hambres, con manos, con muslos. Tus sueños eran de deseo y mis vigilias eran de censura.

A menudo surge algún sabio de pacotilla, capaz de asegurar que el espejo siempre es honesto. Mierda de honesto. El espejo es un farsante, un traidor, un ladino.

Ese Renato Valenzuela que está ahí, mirándome socarrón, pálido de tanto insomnio, es un remedo frágil de mí mismo, un facsímil sin sangre, una cosa. ¿Dónde está, por ejemplo, el latido de mis sienes, el corazón rebosante de logros y fracasos, las manos que no son garras sino proveedoras de caricias?

La estampa del espejo es lo que no quise ser: un fantoche gastado que convoca a la muerte. Por esos falsos ojos circulan escombros de deseos, que ya ni siquiera puedo vislumbrar y menos aún rememorar.

Ese Renato Valenzuela es un epílogo del Renato Valenzuela que digo ser. Que soy. ¿O no?

¿O será acaso, este yo de carne y hueso, el pobre duplicado del que se mueve en esa luna?

Dijo el poeta: "El mar como un vasto cristal azogado/ refleja la lámina de un cielo de zinc".

¿Ese Renato de cristal azogado reflejará la nada de mi cielo de zinc?. O acaso estará más cerca de lo que dice en la estrofa siguiente: "El sol como un vidrio redondo y opaco/ con paso de enfermo camina al cenit?"

¿Dónde está, en esa copia servil que es el espejo, el veinteañero aquel que sedujo a Irene, o sea el seducido por Irene, el que tembló como una vara cuando ella lo enlazó con sus brazos de enigma?

¿Dónde quedó el que besó y besó aquel cuerpo indescriptible, se sumergió cándido en él, feliz sin asumirse, volado en el amor?

No hay sombra en el espejo. La sombra es de los cuerpos, no de las imágenes.

Mi hijo Braulio tiene seis años de sombra. Nunca lo pongo frente al espejo, para que no la pierda. Irene, en cambio, ya no tiene imagen. Ni sombra. Se la llevó el espanto. Hay finales de paz, de dolor, de inercia, también de espanto. El suyo fue de espanto. Sin embargo, en los ojos del espejo no está su muerte. En los ojos de mí mismo sí lo está. Es imposible desalojarla, omitirla, extraviarla.

Mi hijo me mira con los ojos de Irene. Un río de tristeza circula por mis venas, pero me he olvidado de llorar. Con mis ojos y con los del espejo. A Braulio no lo traigo al espejo para que no se gaste, para que no empiece, tan niño, a envejecer, para que siga mirando con los ojos de Irene.

Aclaro que todo esto es de un pasado. Reciente, pero pasado. Reconozco que hoy tuve una sorpresa. Como todas las mañanas me enfrenté al espejo y le hablé. Le hablé y le hablé. Creo que hasta le grité. De pronto advertí que la boca del espejo permanecía cerrada. Volví a hablar, lo insulté. Y nada. Sus labios no se movieron. Curiosamente, su mirada era de retroceso.

Entonces sentí que me inundaba un extraño regocijo, un esbozo de felicidad.

Y no era para menos. Por vez primera lo había dejado mudo. Por vez primera lo había derrotado. Inapelablemente.

 
 

 

 

 

 

 


sábado, 13 de julio de 2013

LOS CAZADORES DE RATAS — Horacio Quiroga




 


LOS  CAZADORES  DE  RATAS
Horacio Quiroga

Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oír insólito ruido.

Como la vista no es su agudeza particular, las víboras mantuviéronse inmóviles, mientras prestaban oído.

—Es el ruido que hacían aquéllos...—murmuró la hembra.

—Sí, son voces de hombres; son hombres —afirmó el macho.

Y pasando una por encima de la otra se retiraron veinte metros.

Desde allí miraron.

Un hombre alto y rubio y una mujer rubia y gruesa se habían acercado y hablaban observando los alrededores.

Luego, el hombre midió el suelo a grandes pasos, en tanto que la mujer clavaba estacas en los extremos de cada recta.

Conversaron después, señalándose mutuamente distintos lugares, y por fin se alejaron.

—Van a vivir aquí —dijeron las víboras—. Tendremos que irnos.

En efecto, al día siguiente llegaron los colonos con un hijo de tres años y una carreta en que había catres, cajones, herramientas sueltas y gallinas atadas a la baranda.

Instalaron la carpa, y durante semanas trabajaron todo el día.

La mujer interrumpíase para cocinar, y el hijo, un osezno blanco, gordo y rubio, ensayaba de un lado a otro su infantil marcha de pato.

Tal fue el esfuerzo de la gente aquella, que al cabo de un mes tenían pozo, gallinero y rancho prontos. —aunque a éste le faltaban aún las puertas.

Después, el hombre ausentose por todo un día, volviendo al siguiente con ocho bueyes, y la chacra comenzó.

Las víboras, entretanto, no se decidían a irse de su paraje natal.

Solían llegar hasta la linde del pasto carpido, y desde allí miraban la faena del matrimonio.

Un atardecer en que la familia entera había ido a la chacra, las víboras, animadas por el silencio, se aventuraron a cruzar el peligroso páramo y entraron en el rancho.

Recorriéndolo, con cauta curiosidad, restregando su piel áspera contra las paredes.

Pero allí había ratas; y desde entonces tomaron cariño a la casa.

Llegaban todas las tardes hasta el límite del patio y esperaban atentas a que aquella quedara sola.

Raras veces tenían esa dicha.

Y a más, debían precaverse de las gallinas con pollos, cuyos gritos, si las veían, delatarían su presencia.

De este modo, un crepúsculo en que la larga espera habíalas distraído, fueron descubiertas por una gallineta, que, después de mantener un rato el pico extendido, huyó a toda ala abierta, gritando.

Sus compañeras comprendieron el peligro sin ver, y la imitaron.

El hombre, que volvía del pozo con un balde, se detuvo al oír los gritos.

Miró un momento, y dejando el balde en el suelo se encaminó al paraje sospechoso.

Al sentir su aproximación, las víboras quisieron huir, pero únicamente una tuvo el tiempo necesario, y el colono halló sólo al macho.

El hombre echó una rápida ojeada alrededor, buscando un arma y llamó —los ojos fijos en el gran rollo oscuro:

—¡Hilda! ¡Alcanzáme la azada, ligero! ¡Es una serpiente de cascabel!

La mujer corrió y entregó ansiosa la herramienta a su marido.

Tiraron luego lejos, más allá del gallinero, el cuerpo muerto, y la hembra lo halló por casualidad al otro día.

Cruzó y recruzó cien veces por encima de él, y se alejó al fin, yendo a instalarse como siempre en la linde del pasto, esperando pacientemente a que la casa quedara sola.

La siesta calcinaba el paisaje en silencio; la víbora había cerrado los ojos amodorrada, cuando de pronto se replegó vivamente: acababa de ser descubierta de nuevo por las gallinetas, que quedaron esta vez girando en torno suyo, gritando todas a contratiempo.

La víbora mantúvose quieta, prestando oído. Sintió al rato ruido de pasos —la Muerte. Creyó no tener tiempo de huir, y se aprestó con toda su energía vital a defenderse.
En la casa dormían todos, menos el chico.

Al oír los gritos de las gallinetas, apareció en la puerta, y el sol quemante le hizo cerrar los ojos.

Titubeó un instante, perezoso, y al fin se dirigió con su marcha de pato a ver a sus amigas las gallinetas.

En la mitad del camino se detuvo, indeciso de nuevo, evitando el sol con el brazo.

Pero las gallinetas continuaban en girante alarma, y el osezno rubio avanzó.

De pronto lanzó un grito y cayó sentado.

La víbora, presta de nuevo a defender su vida, deslizóse dos metros y se replegó.

Vio a la madre en enaguas correr hacia su hijo, levantarlo y gritar aterrada.

—¡Otto, Otto! ¡Lo ha picado una víbora!

Vio llegar al hombre, pálido, y lo vio llevar en sus brazos a la criatura atontada.

la carrera de la mujer al pozo, sus voces. Y al rato, después de una pausa, su alarido desgarrador:

—¡Hijo mío...!

 

 

 


 

 

 


lunes, 8 de julio de 2013

EL TOQUE DE OBISPO - Antonio Pereira




 


 



EL TOQUE DE OBISPO
de Antonio Pereira

De pronto, el silbato de la máquina sonó con gravedad, casi solemne, un silbido largo y dos cortos.

―¿Has oído? ―dijo mi padre―. ¡Es el maquinista, que ha hecho el toque de obispo!

―¿Y eso? ―me admiré yo.

―Ellos tienen su código de señales, atención, atención especial, máquina de cola que se separa del tren. Y el toque de obispo, éste es de reverencia cuando se acercan a una ciudad episcopal, de las que tienen obispo y no tienen gobernador civil. Astorga, Calahorra, Guadix…

La maravilla se repitió. Una señal profunda, declinante en sus tramos finales, donde la pompa parecía dar paso a una emoción que te apretaba el pecho, y ya entrábamos en agujas.

―Pero el toque de obispo ―a mi padre le tiraba su origen― donde hay que oírlo es cuando el maquinista avista la insigne ciudad mitrada de Mondoñedo, a las ferias de San Lucas te he de llevar.

Luego supe que en Mondoñedo no hay tren, pero eso importa poco cuando la historia es bonita.